jueves, 17 de diciembre de 2020

¿Cómo es la navidad en otros países?

(Archivo personal 2020)

Un árbol


Un árbol nos recuerda que para crecer hacia lo alto,
hacia lo espiritual, lo abstracto, es necesario estar bien arraigado en la tierra,
en lo concreto, en la materia.
Es al igual que el ser humano, un ser que une cielo y tierra.
Es el portador del fruto acabado, y al mismo tiempo,
está en pleno proceso de desarrollo.
Nosotros, como seres humanos,
somos la máxima expresión de la creación y al mismo tiempo
estamos aún en proceso de crecimiento.

Friedrich Nietzsche

jueves, 10 de diciembre de 2020

¿La libertad y el corazón por encima de la razón?

     El Temerario remolcado a su último atraque para el desguace
de William Turner. Galería Nacional (Londres)

Quien no ama no vive 

de Víctor Hugo

(Fragmento)

Quienquiera que fueres, óyeme:
si con ávidas miradas
nunca tú a la luz del véspero
has seguido las pisadas,
el andar süave y rítmico
de una celeste visión;

O tal vez un velo cándido,
cual meteoro esplendente,
que pasa, y en sombras fúnebres
ocúltase de repente,
dejando de luz purísima
un rastro en el corazón;

Si sólo porque en imágenes
te la reveló el poeta,
la dicha conoces íntima,
la felicidad secreta,
del que árbitro se alza único
de otro enamorado ser;

Del que más nocturnas lámparas
no ve, ni otros soles claros,
ni lleva en revuelto piélago
más luz de estrellas ni faros
que aquella que vierten mágica
los ojos de una mujer;

lunes, 7 de diciembre de 2020

martes, 1 de diciembre de 2020

MedioEvo



El dragón llorón

Anónimo

Muchas son las historias que se cuentan sobre dragones. Misteriosos seres que duermen en lo más profundo de la tierra y se alzan hasta lo más alto en el cielo escupiendo fuego de su garganta, mientras valientes caballeros luchan contra ellos para defender a bellas princesas de sus enormes garras.

Pero en este cuento nuestro dragón no tenía grandes colmillos, ni afiladas garras, ni siquiera echaba fuego por la boca. No era un dragón despiadado como los demás, ni era grande ni feroz, ni secuestraba a princesas, ni daba miedo... más bien daba risa. Porque eso era lo que hacían los habitantes del reino: reírse de  Floro, que así era como se llamaba el pequeño dragón. Floro no había aprendido a echar fuego por la boca como debiera a su edad y eso le costaba muchos disgustos a sus padres, conocidos dragones desde hacía siglos en todos los confines de la tierra por su fiereza y crueldad.

Así que cada mañana Floro salía de su oscura cueva en lo alto de la montaña en busca de aldeanos a los que asustar, pero por más que lo intentaba, nada de nada. De su boca sólo salía un fino hilillo de humo en lugar de una espesa llamarada. Y aunque se ponía de puntillas para parecer más alto y monstruoso, todo era inútil, la gente en vez de echar a correr echaba carcajadas:

-¡Ja, ja, ja! ¡Mirad, es ese dragón enano que no asusta!- se burlaban todos.
-Ese fuego no sirve ni para hacer una barbacoa- le decían riéndose sin parar.

Así que Floro se iba llorando y llorando cabizbajo y avergonzado a su sombría y fría caverna un día más, dejando tras de sí un enorme río de lágrimas de dragón.
Pero una tarde mientras cruzaba llorando, como de costumbre, el frondoso bosque de camino a su casa, escuchó unos lamentos más sonoros y molestos casi que los suyos.

-¡Ay, ay, ay, ay, ay!

Nuestro dragón se acercó decididamente a ver qué ocurría, porque a pesar de que Floro no sabía asustar era muy valiente, aunque muy llorón.

Los quejidos procedían de un profundo pozo.

El pequeño dragón asomó su cabeza y preguntó con una voz grave, pero sin dejar de lloriquear:

- ¿Quién está en las profundidades de este pozo?

-Soy un príncipe cobarde. Me han enviado del castillo a matar un dragón, pero como me daba miedo, me he escondido aquí y ahora no sé salir- dijo el príncipe.

El dragón, que lo miraba extrañado desde arriba, no paraba de llorar por su propia pena y las lágrimas seguían cayendo como dos torrentes de agua que iban llenando el pozo.

-¿Y tú quién eres?- preguntó el príncipe desde el fondo del pozo más extrañado que asustado al ver la enorme cabeza colorada del dragón.

-Pues yo soy un dragón llorón que no sé asustar, así que por eso no paro de llorar- dijo el dragón entre más y más lágrimas.

-Pues es verdad que asustar no asustas mucho, pero ¿podrías parar de llorar y no mojarme?- dijo el principito cobarde un poco molesto- ¡Me estoy empapando!

Sin embargo mientras Floro lloraba y lloraba, las lágrimas llenaron el pozo y el agua subió tanto que el principito pudo llegar al borde y salir a la superficie.
-¡Qué bien! Me has salvado. Mis padres, los Reyes estarían preocupados al ver que no regresaba al castillo - dijo feliz abrazando al pequeño dragón.

Y así era. Al instante llegaron los Reyes y un gran séquito que les precedía.

-¡Has salvado a nuestro hijo, gracias a tus lágrimas de dragón!-dijo la Reina saltando de alegría- ¡Eres un héroe!

Y volvieron todos al castillo a celebrarlo, incluido Floro.

El príncipe cobarde y el dragón llorón se hicieron amigos inseparables desde entonces. Y el dragón Floro dejó de pensar en asustar (y en llorar), ya sólo quería jugar en el castillo fantástico del príncipe y pasárselo bien y tener más amigos como él. Y a partir de entonces ya nadie se volvió a reír del dragón Floro y aunque se rieran tampoco le importaba porque él se reía más jugando con su nuevo amigo el príncipe cobarde.

FIN